NATIVOS DIGITALES CON PROBLEMAS ANALÓGICOS
En el último siglo se ha disparado, de manera progresiva y acelerada, la innovación y el cambio de hábitos y costumbres entre las sucesivas generaciones. En la última década y media se ha producido un hito muy importante: la irrupción de los entornos digitales en la vida cotidiana de las personas, desarrollada bruscamente en muy poco tiempo, provocando una brecha generacional entre los que estábamos aquí cuando el boom tecnológico ocurrió y los que han nacido en este nuevo ecosistema.
La discontinuidad que hay entre los emigrados y los nativos digitales, es decir, entre los nacidos antes y después de la década de los años 90 del siglo pasado, es, quizás, el hecho más importante acontecido en la especie humana, en términos antropológicos, desde que la agricultura convirtió a nuestros antepasados nómadas en seres sedentarios. De esta forma, la tecnología esta transformando al hombre analógico en el homo digitalis.
Vivimos en un pliegue de nuestra evolución como especie, en la raya que separa un antes y un después. Se comprenderá mejor echando un vistazo al archivo de experiencias y registros documentados que un joven de hoy ha adquirido cuando llega a la edad adulta, comparándolo con la que tenía su generación anterior.
Así, un estudiante universitario en los años 50 había pasado unas 25.000 horas leyendo y apenas unas cuantas delante del televisor, y a duras penas y con suerte, habría mantenido unas cuantas conversaciones a distancia a través del teléfono. Hoy, un estudiante sale de la Universidad tras dedicarle a la lectura la quinta parte del tiempo que antes se prestaba, pero habrá estado viendo vídeos en múltiples pantallas al menos durante otras 10.000 horas, habrá puesto una dedicación similar a hablar por el móvil y similar a ver televisión.
Gracias a los avances tecnológicos y las modernas técnicas de neuroimagen, se ha constatado que la experiencia influye en la estructura de nuestro cerebro. No es que lo que nos ocurre afecte a nuestra forma de pensar; es que, directamente, cambia la manera como se entrelazan las neuronas entre sí. Es decir: el software modula el ensamblaje del hardware de nuestro cerebro. Siendo esto cierto, y teniendo en cuenta cómo han cambiado las fuentes que enriquecen nuestra percepción en los últimos cincuenta años, podemos calcular lo diferentes que son actualmente los adolescentes de lo que pudimos serlo medio siglo atrás.
Por eso, cuando se escuchan voces sobre las horas que los chicos y chicas pasan con los videojuegos y videoconsolas, o navegando y chateando a través de internet, se ha de recordar que esas dudas y resquemores son contrarias al avance y el desarrollo de la evolución. No hay marcha atrás, los entornos digitales han venido para quedarse, y los que han nacido y crecido rodeados de ellos lo saben bien. La naturalidad con que se adaptan a este nuevo mundo de botones, pantallas y escenarios virtuales es el síntoma más revelador de los cambios que están teniendo lugar en sus cerebros. Con frecuencia les oímos quejarse por esto, pero no son ellos los que se equivocan, sino nosotros con nuestras sospechas anticuadas.
Son nativos digitales, pero tienen un problema analógico: están sometidos a patrones de comportamiento y sistemas educativos que no tienen nada que ver con lo que ellos han descubierto, les interesa y ya demandan.
¿Alguien puede dudar aún del cambio de paradigma a los que nos enfrentamos? Al final de estas líneas, he dejado un video muy interesante sobre el sistema educativo, donde se muestra claramente como ha quedado más que desfasado.
Los que han crecido leyendo novelas de principio a fin, se encuentran en un sistema de percepción lineal de los acontecimientos. En cambio, un adolescente de hoy, que aprende a jugar a una videoconsola mientras ve la tele, navega por internet y escribe mensajes en el móvil, inevitablemente ha incorporado a su capacidad de percepción la posibilidad de manejarse en varios escenarios a la vez. Sus aptitudes cognitivas son paralelas. Este salto provoca cambios cerebrales que se constatarán en próximas generaciones, pero que hoy día ya pueden detectarse. De esta manera, frente a la forma secuencial de concebir la realidad de nuestros padres, el nativo digital goza de una mayor visión periférica y está más habituado a desarrollar varias tareas en paralelo.
Los niños de hoy son la generación más sofisticada que nunca ha existido. No son más sabios, pero su exposición a estímulos de todo tipo los hacen, más ricos en experiencias, conocimientos e información. Y esto, necesariamente les va a cambiar la perspectiva que tienen del mundo frente a la que poseía la generación anterior.
Los adolescentes de hoy han aprendido a escuchar a la intuición sin remordimientos, frente a la fe ciega en la razón de sus mayores; confían más en las redes sociales virtuales, contra el resquemor de los adultos ante todo lo que no sea presencial; defienden su derecho a focalizarse en lo que les apasiona, en lugar de andar perdiendo el tiempo con lecciones que no les van a servir de nada en sus vidas; prefieren un amigo a un fármaco, porque saben que en él encontrarán mayor bienestar y consuelo.
Esta formidable transformación cristalizará del todo el día que los sistemas educativos, aparte de enseñarles a gestionar sus propias emociones, logren estar a la altura de lo que este nuevo patrón de intereses está demandando.
EL PARADIGMA DEL SISTEMA EDUCATIVO
